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Una
exposición en
el Museo Patio Herreriano
Del
10 de febrero al 2 de mayo
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La
llegada.-
Siguiendo la metáfora del viaje que subyace en
el planteamiento de la exposición podemos considerar
su inauguración como una llegada a puerto, como
el fin de un trayecto, como el primer momento de tranqulidad
en el que superadas las vicisitudes del periplo es posible
hacer el balance definitivo del mismo. Después
haberse visto en el PS1 de Nueva York, el Museo Patio
Herreriano acogerá hasta el 2 de mayo esta muestra
comisariada por el suizo Harald Szeemann. Antes de la
apertura al público y como si se tratase de un
fausto recibimiento en toda regla, el día 9 estuvo
reservado para la presentación oficial ante la
prensa. Después de una introducción en
la que, como es habitual, sirvió para recordar
los apoyos y el compromiso institucional que respaldan
un proyecto como este, los asistentes tuvimos la oportunidad
de recorrer las salas en compañia del comisario
que, con una paciencia no carente de cierto entusiasmo,
explicó una por una las obras que integran la
exposición. Nuestro cuaderno de notas poco a
poco fue llenándose de ideas sueltas, impresiones
más o menos concretas que recogen nuestra personal
idea del 'viaje' y que podrían hacer las veces
de peculiar diario de a bordo...
El
espacio.-
Uno de los aspectos más atractivos de la exposición
es la transformación del expacio expositivo del
Museo Patio Herreriano. La configuración original
de las salas imponía un recorrido monótono
y sin sorpresas. La neutralidad de esas grandes salas
rectangulares ha sido transformada en un conjunto de
rincones mucho más atractivos, que invitan a
la exploración, que diversifican y enriquecen
los recorridos y la contemplación. No sólo
se juega con la intimidad de los espacios de proyección
para las videoinstalaciones, sino que a lo largo de
todo el recorrido el espectador surgen los guiños
de un espacio mucho más humano y menos riguroso
que el de las salas originales.
C'est
la vie.-
Ante obras como la que componen esta muestra uno tiene
la impresión de que el arte ya no es un ejercicio
de descubrimietos, sino de constataciones. Se valora
su capacidad para recoger diferentes registros o discursos
preexistentes, para comprobar o verificar un determinada
situación, para dar cuenta de algo que existe
fuera de los museos o de las salas de exposición;
pero es difícil encontrar una propuesta que supere
esa rigidez real, que nos sugiera nuevas ideas, nuevas
situacones, nuevos mundos... No gozamos del entusiasmo
de nuevas propuestas que se antojen reveladoras, sino
que caemos prendados por el canto a la diversidad que
refleja de manera fiel un mundo cada vez más
complejo y más pequeño. Prendados por
la heterogeneidad que se desprende del tono caótico
de una exposición vertiginosa y multiforme, con
cambios bruscos de contenido: lo íntimo, lo público,
lo feo, lo bonito... "C'est la vie" (así
es la vida), con esta frase daba Harald Szeemann sentido
a la yuxtaposición de propuestas tan diferentes
entre sí. Y es cierto, conocemos el presente,
lo tenemos delante, hemos logrado un tipo de reflexión
sin precedentes. Pero ya es la hora de dar pasos hacia
adelante y, tras la apariencia dinámica y crítica
de esta exposición, se esconden demasiadas resistencias
al cambio, se esconde un inquietante autocomplacencia
que da a la muestra un curioso sentido conservador e
inmovilista. Esta es otra de las paradojas de ciertos
"artes contemporáneos": ver cómo
algunas propuestas que destacaron por irreverentes se
convierten en los peones paradigmáticos de un
establishment artístico que aún
reclama para sí cierto status crítico.
Pero nunca las voces críticas fueron tan inofensivas
ni estuvieron tan asimiladas. en dos palabras: el arte
que constata errores, injusticias, banalidades, etc.
no ejerce una crítica sobre lo que constata,
sino que colabora con ello haciendo que la gente se
acostumbre a ello. Esto es en el fondo lo que c'est
la vie.
Atracción
y espectáculo.-
No seremos los primeros en señalar el acercamiento
creciente entre el arte y el espectáculo. El
arte se sitúa en un difícil punto medio
entre lo cultural y lo recreativo, de manera que su
pontencial expresivo o reflexivo se solapa abiertamente
con su potencial lúdico. La justificación
de la crítica puede resumirse de la siguiente
forma: experimentar el espectáculo es pensar
el espectáculo o que reproducir la banalidad
es criticar la banalidad. Y como corolario, de forma
tan maliciosa como 'realista': no hay arte malo, lo
que hay son interpretaciones malas.
(Con)fines
poéticos.-
El arte contemporáneo es un juego de extremos.
Al margen de las obras banales e insignificantes podremos
contemplar otras obras de una intensidad poética
y significativa que las hace merecedoras de una mención
aparte: Alicia Martín nos propone dos de sus
habituales metáforas del saber. "Políglotas
I" es un vídeo realizado en colaboración
con Mario Marqueríe en el que unos libros revolotean
sobre un laberinto, a veces atravesando las paredes.
En la segunda la pared de una de las salas aparece vencida
por unos libros que salen de detrás de la misma.
En ambos casos el libro . La obra de ernesto neto, quizás
algo desfigurada pierde la potencia que presentaba la
pieza del PS1. Eulalia Valldosera una exposición
en su línea en la que, al margen del juego con
la palabra "colón" (por el descubridor
y el detergente), nos propone un imágene directamente
extraídas del sub consciente, movimiento de alejamiento
y repetición.
Siguiendo
el juego.-
La crítica de arte puede basarse en discursos
sesudos o en interpretaciones profundas y sensibles.
Pero inmerso en la vorágine mediática
el crítico responde en con estrategias igualmente
mediáticas: Antoni Abad (3, de él esperábamos
algo más que una simple mosca). Ana Laura Aláez
(1, quien cambia arte por moda corre el riesgo de caer
obsoleto a las primeras de cambio, y por cierto: descafeinado
remake de videos mejores de Danielle Kwaaitaal). Pilar
Albarracín (2, nos parecen bromas de fiesta de
fin de semana, las fotos suben un punto a la nota).
Tania Bruguera (6, la pena es que parezca una atracción
de feria, pero hace efecto). Carles Congost (7, increíble
su capacidad de rizar el rizo, aún no nos explicamos
cómo pueden gustarnos esos videos... ironía
tan lúcida como descorazonante). Justo Gallego
(imposible calificar). Carmela García (4, hemos
visto fotos como esas en muchas revistas, aunque parecen
obras sinceras). Cristina García Rodero (7, es
una fotógrafa magistral, pero aún no sabemos
qué hacen sus obras en una exposición
como esta). Cristina Lucas (5, aceptable, sin más
pasión). Alicia Martín (7, su obra mejora
en otros contextos más íntimos, ojo: puede
estar agotandósele el tema de los libros). Enrique
Marty (4, si no fuese porque ha pintado en las paredes
del museo no tendría más que un 2). Mateo
Maté (6, interesante, aún estando falto
de cierta intensidad). Priscilla Monge (8, nos convence
esa contundente austeridad). Ernesto Neto (7, no es
esta su obra mejor montada). El Perro (3, es que es
tan fácil hacer obras como esas...). Sergio Prego
(7, demasiado matrix, aún así merece
la pena). Ixone Sadaba (1, lo sentimos, pero no nos
conmueve el gore). Fernando Sánchez Castillo
(6, incluso le pondríamos un 7 si no hubiese
tantas obras suyas). Santiago Sierra (4, las acciones
están bien pero las fotos son meros documentos
que no añanden nada). Néstor Torrens (4,
no nos dice nada, pero quedan monos esos saloncitos).
Eulalia Valldosera (8, logra aislarse del ambiente mediocre
de la exposición y mantiene la intensidad que
tiene buena parte de su obra). Javier Velasco (5, las
gotas son una monada, pero el video falla).

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